domingo, 26 de octubre de 2008

La Luna no es Hiperión.







 En el último post de Daniel Marín se menciona el caso de uno de los satélites de Saturno más estudiados e interesantes del Sistema Solar: Hyperión. Este satélite posee una frecuencia de rotación y una orientación de su eje que presentan grandes variaciones en tiempos relativamente cortos. Esto se debe a su forma irregular (un tamaño aproximado de 190 x 145 x 114 km) y a su órbita entorno a Saturno altamente excéntrica.
En determinadas circunstancias sería muy difícil, sino imposible, predecir la trayectoria de un cuerpo celeste desde la superficie del mencionado satélite.
 Sin embargo otro tipo de fenómenos orbitales que se observan en distintos planetas y regiones del sistema solar no están asociados a comportamientos no lineales como el de Hyperión, sino todo lo contrario.
Este es el caso de la Luna, o quizá nunca mejor dicho en este caso, el sistema Tierra-Luna. Los estudios acerca de la oblicuidad de la Tierra , es decir el ángulo que forma el ecuador con respecto a la eclíptica nos indican la determinación que la Luna ejerce sobre el mismo. La atracción gravitacional de la Luna sobre la Tierra estabiliza la oblicuidad y la mantiene en parámetros no lineales.
 Si esto no ocurriera la variación de la oblicuidad sería caótica, y mayor a los 20º lo que determinaría la imposibilidad de existencia de vida en la Tierra, tal como la conocemos hoy día. Este tipo de comportamientos orbitales determinaría variaciones de la insolación de más del 25%, parámetro totalmente incompatible con el rango de temperaturas que facilitaron, y aun lo hacen, el surgimiento de seres vivos en nuestro planeta.
 Esta "relación" entre nuestro planeta y su principal satélite es bastante particular y casi excepcional. Desde el punto de vista de la investigación en exobiología es un parámetro a tener en cuenta a la hora de poder determinar la plausibilidad de la existencia de formas de vida en otros sistemas solares conocidos.
Es interesante reflexionar sobre estos temas, ya que habitualmente y con razón, asociamos a la vida en la Tierra a la radiación solar y por lo tanto al Sol, es decir poco esperábamos de la Luna en este sentido. Sin embargo la existencia de la misma en las condiciones orbitales actuales es un factor determinante de la habitabilidad de la Tierra.



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